Friday, December 09, 2011

CELA Y EL PINGÜINO


Por Jesus Marchamalo

Cuenta Camilo José Cela Conde, en una biografía dedicada a su padre, que en el recibidor de la casa de la calle Ríos Rosas, en Madrid, donde vivió su familia en los primeros años cincuenta, había una figura de porcelana, un regalo de boda de mucho compromiso, que representaba un pingüino malencarado y contrahecho, de color negro y gris. Sobre él, Cela, su padre, amigo de las provocaciones y los gestos extravagantes —la mañana de su recepción como académico de la Española apareció en los periódicos una foto suya, enjabonándose en la ducha—, había colocado un cartelito escrito en letra inglesa y clavado a la pared con una chincheta. Decía así: «Visitante, observe usted el malévolo pingüino».

Allí estuvo durante años. Lo más gracioso del caso es que un día el pingüino desapareció de la mesita del recibidor sin que nadie pudiera dar una explicación cabal, mientras que el cartelito permaneció en el mismo lugar durante años, amarilleando y doblando sus bordes, con aquel mensaje definitivamente surrealista en ausencia del animal.

Camilo José Cela escribía a mano, en hojas sueltas, con pluma y tintero. Tenía una letra minúscula de líneas apretadas que corregía una y otra vez llenándola de notas, añadidos y tachaduras que ocultaban las palabras y las frases de forma tan minuciosa que era imposible ver qué había escrito debajo. El manuscrito resultaba al final tan ininteligible que su mujer, Rosario Conde, debía recomponerlo tras un costoso proceso artesanal en el que utilizaba una lupa y grandes dosis de paciencia.

El de La familia de Pascual Duarte se lo regaló a su amigo José María de Cossío. A su muerte, el manuscrito pasó a ser propiedad de la Diputación Provincial de Santander, que le ofreció entregárselo a cambio de uno nuevo transcrito de su puño y letra. Tardó más de un año en terminar la copia, no sé si tanto como en escribir el original.

Lo otro eran los libros, libros que se extendían por las distintas casas en que vivió como una metástasis. Eran libros que ocupaban habitaciones, repisas, muebles, mesitas, armarios. Había libros en los pasillos, en las terrazas y en los cuartos de baño. En una ocasión, una asistenta, viendo el desbarajuste que reinaba en su despacho, en el que se amontonaban volúmenes y volúmenes sin orden aparente, decidió remediar aquel bardal caótico y los colocó en la estantería ordenándolos por tamaños, de mayor a menor.

Cuando le dieron el Nobel, anduvo una temporada paseando la medalla de oro macizo por las televisiones. La llevaba en el bolsillo de la americana, y la dejaba caer en un momento dado sobre la mesa —¡clink!— o la hacía circular entre el público como un exvoto. Y cuando murió no se le ocurrió nada mejor que decir «¡Viva Iria Flavia!», lo que hizo ante testigos previendo una honrosa posteridad.

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